Guillem Balague

Lionel Messi: 30 historias íntimas para conocerlo a fondo

by Guillem Balague

Lionel Messi: 30 historias íntimas para conocerlo a fondo

Spanish journalist Guillem Balagué, author of the only authorised biography of Leo, wrote thirty anecdotes that are like a trip to the planet Messi…

This article was originally published on the Spanish website Clarin - click here to view

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Cuando Leo nació, el 24 de junio de 1987, sus padres temieron que fuera necesario provocar el parto con fórceps porque se advirtió un sufrimiento fetal agudo, pero el bebé acabó naciendo de un modo natural, aunque un poco más colorado que lo habitual y con una oreja doblada. “No, no será para siempre, verán cómo mañana se pone bien”, anunció el ginecólogo Norberto Odetto, en la Clínica Italiana. Leo pesó 3,600 kilos y midió 47 centímetros.

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Cintia Arellano, cuya casa lindaba con la de Leo, era su mejor amiga y compartieron jardín y primaria. Se sentaban al lado, o ella detrás de él en los exámenes. Ella le pasaba los machetes en la regla o en la goma de borrar, le preparaba la merienda y lo excusaba en la clase si él faltaba. Y se enteró de sus problemas de crecimiento porque en un viaje de fin de curso, la madre de Leo le pidió a la suya que los acompañara en la excursión para controlar que el pequeño se inyectara cada noche. Hoy, Cintia es psicóloga y maestra de niños con deficiencias.

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Diego Rovira jugaba de 9 en las inferiores de Newell’s y tenía la costumbre de llevar a Messi y a otros compañeros a merendar a su casa. Jugaban al Nintendo. “Abríamos los cajones del ropero de mi habitación y nos poníamos camisetas de fútbol europeo que traía mi viejo de sus congresos de Medicina –recuerda hoy Rovira–. Leo siempre se ponía la del Barcelona, la del Centenario, que estaba dividida mitad y mitad. Siempre se la quería llevar, pero era la única que yo tenía y se la negaba. Le quedaba como un camisón.”

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Gerardo Grighini, ex compañero de Leo en las inferiores de Newell’s: “El dice que es hincha de Newell’s, pero cuando era chico, era de River, como yo. Era fanático de Pablo Aimar”.

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“Hay que pincharse”, le dijo el doctor Diego Schwarzstein a Leo. Fue cuando la familia Messi lo consultó porque el niño no crecía. “La jeringuilla es una lapicera que en lugar de tinta tiene hormona de crecimiento, y en lugar de pluma, una aguja. Es como la insulina. Le dije que se quedara tranquilo, que no dolería nada y que mediría más que Maradona. El me decía que quería jugar al fútbol.”

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Un día de septiembre de 2000, Messi desapareció de los lugares que solía frecuentar. A la Escuela de Enseñanza Media 436 Juan Mantovani, llevaba una semana sin asistir y se notaba especialmente en los recreos, cuando se armaban los picados. En las inferiores de Newell’s, donde se lo conocía como “El Maestro”, tampoco se sabía nada y hasta alguien deslizó “hepatitis”. “Venid ya, traeros al chiquito”, les había pedido a los Messi Josep María Minguella, el representante de jugadores que también había llevado a Diego Maradona al Barcelona.

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Por esos días, La Capital de Rosario le dedicó casi una página. Fue el 3 de septiembre y la nota se tituló “Un leprosito que se las trae”, con la foto de un Leo sonriente, con la camiseta de Newell’s. Había salido campeón con la Décima. Y con la voz queda y la cabeza gacha dijo que quería ser profesor de educación física y jugar en Primera. Y llegar a la selección argentina juvenil. Le gustaba el pollo. La Biblia, su libro favorito. ¿Y si no fuera futbolista? “No sé, tal vez el hándbol.”

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Carles Rexach, ex crack del Barcelona y jefe deportivo del club, se encontraba jugando un día al tenis con Minguella. “Y me contó que había un tío que era un fenómeno, algo parecido a Maradona. Pero como lo había oído tantas veces…Luego me dijo que estaba en la Argentina. Yo pensé: ‘Ah, un chico de 18 ó 19 años’, y me comentó que tenía 12. Exclamé: ‘¿Tú estás loco o qué?’, y le dije que para ver a un crío de 12 años, lo trajeran aquí, con sus padres. No podía viajar yo.”

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Leo y su padre, Jorge Messi, viajaron a Barcelona el 17 de septiembre de 2000. A la hora de la primera comida, el avión se movía y el niño durmió estirado entre tres asientos, con pantalones cortos. Tuvo náuseas y se le revolvió el estómago. Llevaba consigo un video VHS. Le habían acercado un kilo de naranjas y unas pelotas de tenis. Le pidieron que practicara con ellas una semana y justo a los siete días grabó una cinta en la que daba 113 toques a una naranja, 140 a las pelotitas de tenis y hasta 29 a una de ping pong. Ocho años más tarde, Mastercard hizo un anuncio publicitario con aquellas imágenes, que pueden verse en YouTube.

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No fue el Barça el que pagó el primer hotel de los Messi en Barcelona. Se trató de un arreglo de Minguella con el dueño. Establecidos en la habitación 546, desde la ventana se podían divisar la Feria de Barcelona y las fuentes del Montjuic. Joaquín Rifé, entrenador de juveniles, hizo saber a Jorge que quería ver entrenar al chico esa misma tarde de lunes en los campos 2 y 3, pegados al Miniestadi, para seguir la práctica junto a la generación del ‘87: Cesc, Piqué, una de las mejores de la historia del club.

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En el vestuario, el entrenador Rodo Borrell se acercó al grupo y, sin que Leo escuchara, dijo: “Tened cuidado con él, es muy pequeño. No vayáis a lesionarlo”. Piqué recuerda que en la primera semana ,“Leo estaba muy apartado, muy cohibido. Era muy bajito, casi no hablaba”. Y Cesc: “Llevaba un pelo larguito, hablaba un argentino fino, apenas se le oía. Y era un fideo. Pensamos: ‘Este tío es tonto’. Pero cuando comenzó a tocar la pelota, vimos que era diferente del resto de los que se venían a probar”.

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Diez días después de su llegada, en 2000, la familia de Leo ya pensaba en regresar porque nadie tomaba la decisión de contratarlo.Es que todos esperaban que Rexach llegara desde Australia, donde había ido a los Juegos Olímpicos. Rexach, al volver, pidió que Leo jugara con una categoría dos años mayor. La prueba fue el 2 de octubre a las 18 en el campo 3, de césped artificial, pero Rexach no llegaba. Justo cuando ingresó, y miró hacia Leo, éste eludió a dos, al arquero, y definió. Tras un par de minutos, se retiró. Jorge Messi pensó que Rexach no le había dado importancia al asunto. “Este jugador se ficha solo, hay que ficharlo ahora mismo”, alcanzó a decir el dirigente.

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El primer partido de Messi en el Barcelona fue en el Infantil B, en la cancha del Amposta, con el 9 en la espalda, y convirtió un gol. Ya en el segundo, ante el Ebre Escola Deportiva, se fracturó el peroné izquierdo. Se retorció de dolor pero no gritó. Era un 21 de abril de 2001 y no jugó hasta el 6 de junio. Pero allí sufrió una distensión de ligamentos del tobillo izquierdo bajando unas escaleras. Tres semanas afuera. Al final de la temporada, había jugado sólo dos partidos oficiales.

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El Barcelona había cambiado de director ejecutivo. El nuevo, Javier Pérez Fargüell, quiso reconsiderar el contrato de Messi, que le parecía demasiado alto para un chico, y quería bajarlo de 100 millones de pesetas a 20 millones. En ese momento, Jorge recibió el llamado de Valdano, que era director deportivo del Real Madrid: ofrecía un poco más de 20 millones, pero no quería guerra con el Barcelona y necesitaba que Leo llegara con la carta de libertad de acción. Al final, todo se solucionó con el Barça y se firmó el contrato el 5 de diciembre de 2001. En la última fecha del torneo de Cadete A, Barcelona se jugaba la liga e iba ganando 1-0 al Espanyol. Messi se fracturó en el pómulo derecho. Su equipo acabó ganando 3-1. A la semana se jugaba la final de la Copa Catalunya, a Leo le habían dado ocho semanas de baja, pero quiso jugar igual, salió con una máscara y se la quitó, “No se preocupe, míster, no pasará nada”, le dijo al DT. Al rato, dos goles seguidos y al descanso. Allí le dijeron que ya no saldría al segundo tiempo. “Sí, sí, míster, me cambio”, aceptó. Su equipo ganó 4-1.

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Para 2001/02, su hermana María Sol no se había adaptado a la escuela, en la que se hablaba catalán. Lloraba mucho y su padre Jorge le consultó a Leo qué quería hacer, porque el deseo de la familia era regresar a la Argentina. “Me quiero quedar y jugar en el Barcelona”, respondió, por lo que él y su padre siguieron en Europa y el resto de la familia se quedó en Rosario.

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Mundial de Finlandia sub-17 en 2003. La selección argentina había quedado eliminada en semifinales ante España 3-2 y, como ambos equipos compartían el mismo hotel, el DT argentino Hugo Tocalli aprovechó para preguntarle a Cesc por su compañero en el Barça, Leo Messi. “Un monstruo. Lo quisieron traer a nuestra selección pero él siempre quiso jugar para ustedes. Si ese chico hubiese jugado hoy, ustedes nos goleaban y salían campeones”, dijo.

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El 18 de junio de 2005, en Emmen, Holanda, la selección argentina se jugaba la clasificación a los octavos de final del Mundial sub-20 ante Alemania. Ganaba 1-0, había entrado el Kun Agüero por Oberman y expulsaron al Chaco Torres. Pancho Ferraro, el DT, decidió poner a Lucas Biglia y sacar a Messi. Tras el partido, al ver el video, el cuerpo técnico vio un gesto quejoso de Leo por el cambio. Gerardo Salorio, el preparador físico, le dijo a Messi: “Vos le estás faltando el respeto no sólo al DT sino al que entra, porque juega sin que lo pida, porque lo ponen”. Al rato, Messi pidió disculpas. “Pancho, estuve mal, le puse cara fea porque quiero jugar.” Ferraro le respondió: “Está bien, pero no se lo hagas a ningún otro DT. Tenía que poner a un volante y sacar un delantero. Sólo quedabas vos”.

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Uno de los momentos más duros para el Barcelona ocurrió en septiembre de 2005, cuando Jorge Messi le comunicó al presidente Joan Laporta “nos vamos”. Leo no era titular consolidado y el Inter de Milán ofrecía pagar la cláusula de rescisión de 150 millones de euros y triplicarle el sueldo. “Sabía que nosotros no podíamos igualar la oferta. Le dije que Leo aquí tendría la vida económica asegurada pero también la gloria y creo que lo convencí”, recuerda Laporta.

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Tras un tenso partido de ida ante el Chelsea de Mourinho por la Champions, en la revancha en el Camp Nou sintió un pinchazo al disputar un balón contra William Gallas: rotura muscular del bíceps femoral de la pierna derecha. “Mi primera lesión importante”, recuerda Messi. 79 días de baja, 8 partidos. Ten Cate, el ayudante del DT Frank Rikjaard, le insistía para que no exagerara movimientos, pero Leo se resintió justo cuando se acercaba la final de París ante el Arsenal. Rikjaard y Cate le informaron que no lo veían para esa final. “Jugarás muchas más en tu vida”. A Messi le caían las lágrimas. Leo sintió que esa Copa ganada en 2006 no era suya. No la tocó en ningún momento, no salió en ninguna foto, no participó de los festejos. Se quedó llorando en un rincón del vestuario.

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Leo se iba haciendo adulto al lado de un crack como Ronaldinho, pero también comenzó a formar parte de su grupo de brasileños (con Deco y Motta) fuera del fútbol. Ten Cate le advirtió en varias ocasiones que algunas cosas no le convenían. En medio de esa vorágine, Leo se enfrentó con su padre. Era la rebeldía de un chico de 18 años que buscaba nuevas emociones.

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“Para mi viejo nunca jugué bien. De chiquito hacía cuatro goles y no jugaba bien. Siempre tenía algo que decirme, que criticarme. Y eso hacía que cada vez quisiera superarme más para que llegara el próximo partido y no me dijera nada, que me comentara ‘jugaste bien’.” (Leo Messi.)

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“Sólo lo vi nervioso una vez: Fue el día antes del partido con Grecia, cuando Maradona le ofreció el brazalete de capitán de la Selección. Pero no era la responsabilidad del liderazgo lo que lo incomodaba, sino que tenía que dar un discurso ante sus compañeros”, recuerda Juan Sebastián Verón del Mundial de Sudáfrica. Cuando el equipo se juntó en un círculo para escucharlo, a Leo no le salían las palabras. Verón gritó un par de cosas y así salieron a la cancha.

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“Se murió. No lloraba, gritaba, desesperado. Era una cosa que no podía evitar, le salía de adentro. Yo lo agarré, varias veces, pero no había manera. Estaba así, los bancos pegados a la pared, separados entre ellos, y él sentado en ese hueco, en el suelo, con las dos piernas juntas, encogidas, no en posición fetal, algo más estiradas, y gritando, casi con convulsiones.” (Fernando Signorini, acerca del vestuario tras la derrota 4-0 ante Alemania en Sudáfrica 2010.)

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“Fuimos a un hospital de Boston, con niños con cáncer, llegó una madre que le dijo ‘soy argentina, mi hija te quiere conocer’. Y vino la niña hinchada, calvita. Le dijeron a Leo que era terminal. Salió llorando, me vio y se abrazó a mí, estuvo así como cuatro minutos, llorando como un bebé. El siempre me dice que fue a raíz de ver aquéllo que empezó a colaborar con asociaciones contra el cáncer.” (Cristina Cubero, periodista del periódico Mundo Deportivo, de Barcelona.)

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Nunca como en los últimos tres años, Lionel Messi estuvo tan cerca de irse del Barcelona, especialmente desde que aparecieron impresionantes ofertas de los más poderosos clubes ingleses, como el Chelsea, el Manchester United o el Manchester City. Eso no significa que se vaya a ir, porque renovará con el Barça, pero antes ni se le había ocurrido siquiera.

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¿Qué le pasó a Leo en el Mundial de Brasil? Se trató de una Selección Argentina con una preparación no adecuada para el tipo de entrenamiento que hacía Messi en el Barcelona, siempre en espacios reducidos. El retrasarse para contraatacar, como decidió Alejandro Sabella, hacía que debiera realizar sprints, y más de 45 minutos de esta forma destrozaban sus piernas, porque se necesita de mayor potencia aeróbica para defender a 50 metros del área y llegar al mismo tiempo con pelota dominada al arco rival. De allí que se lo vio caminar en el campo por tantos minutos. No puede decirse que la Selección trabajó para su lucimiento o que se explotaran adecuadamente sus características.

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Hace poco (noviembre de 2016) entrevisté a Leo para un evento en Adidas y le pregunté qué era más importante, si el orden o el talento. Y me contestó… ¡el orden! “En el fútbol de hoy, se impone el equipo que sea más ordenado, más corto. Las cosas más importantes se consiguen con un equipo bueno y trabajado, y todo empieza con el orden.” Es curioso que esto lo diga alguien con tanto talento.

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Si algo cambió en Messi es su madurez. Ahora, cuando llega a su casa de un partido o de entrenamiento, se olvida de todo. Antes, cuando perdía, podía estar hasta tres o cuatro días sin hablar con su madre o con Pep Guardiola, cuando era su entrenador en el Barcelona. Ahora, ya con mujer e hijos, el final de un partido no es otra cosa que eso, el final de un partido, aunque lo haya perdido.

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Si hay un jugador con el que hizo amistad reciente y ha desarrollado una excelente relación es con el uruguayo Luis Suárez, su compañero de ataque. Llevan los hijos al mismo colegio, comparten el mate, sus esposas (Antonella Roccuzzo y Sofía Balbi) son muy amigas, al punto de haber abierto hace muy poco un local de Ricky Sarkany en Barcelona. Suárez lo hace reír con muchas de sus salidas.

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Messi se fue implicando cada vez más en su Fundación, que ayuda a niños en situación de riesgo en todo el mundo. Entre las últimas acciones, financió a través de UNICEF 20 aulas prefabricadas en Tartus y zonas rurales de Damasco, en Siria, con capacidad para albergar hasta 1.600 alumnos. Se trata de niños afectados por la guerra. “Un día de guerra es demasiado. Los chicos de Siria llevan seis años sometidos a la violencia y crueldad de un conflicto que los tiene como rehenes. Como padre y embajador de UNICEF tengo el corazón destrozado”, dijo.